Reservé en tres restaurantes con estrella. Comí técnicamente bien en los tres. Salí insatisfecho de los tres. La precisión había matado la emoción. El plato era perfecto como una maqueta. Y tan frío como una maqueta.
"La grandeza no está en la técnica perfecta. Está en la imperfección que te conmueve."
La revelación vino en un bistró del 11ème arrondissement, recomendado por un pescadero del mercado de Aligre. No tenía estrella. No tenía manteles. Tenía un chef de sesenta años que cantaba ópera mientras cocinaba y una terrina de pollo que me hizo llorar. Literalmente.
Me di cuenta de que buscaba en los lugares equivocados. La grandeza no está en la técnica perfecta. Está en la imperfección que te conmueve. En el plato que sabe a casa aunque nunca hayas estado en esa casa.
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