El dueño de la finca me dijo que el horno de leña tenía ciento veinte años. Que su abuelo lo había construido con piedras de la propia finca. Que nunca se había apagado del todo, ni siquiera en invierno. Que apagarlo sería como matar a un familiar.
Pasé catorce días allí, ayudando a encender el fuego cada mañana a las seis. El ritual era religioso: recoger la leña seca, arrancar la llama con papel de estraza, esperar a que las brasas fueran del color exacto del atardecer.
"El mejor ingrediente que le puedes añadir a un plato es tu propia calma."
Sin prisa. Sin notificaciones. Sin nadie pidiendo un plato "para Instagram". Solo el sonido de la madera que cruje y el calor que sube por las paredes de piedra.
Hice el pan más feo y más delicioso de mi vida. Irregular, quemado por un lado, crudo por otro. Pero con un sabor a humo y tiempo que no he conseguido replicar en ningún horno industrial.
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