La Costa da Morte no es bonita. Es brutal. Acantilados que comen barcos, niebla que no te deja ver el horizonte, y mariscadoras que bajan a la playa a las cuatro de la mañana con faroles que parecen luciérnagas gigantes.
Conocí a Dona Manuela en un puesto de la ría de Muros. Vendía pulpo cocido en un caldero de cobre que debía pesar lo mismo que un coche pequeño. Me dijo, sin mirarme, que si quería aprender a cocer pulpo, tenía que olvidar todo lo que sabía sobre tiempos de cocción.
"El pulpo te habla. Cuando la piel se arruga como la cara de mi suegra, está listo."
"El pulpo te habla", dijo. "Cuando la piel se arruga como la cara de mi suegra, está listo". No hay cronómetro que sustituya esa sabiduría. No hay app. No hay curso online.
Me llevé tres pulpos en la furgoneta de alquiler. En la primera gasolinera, el olor era tan intenso que el dependiente me preguntó si transportaba cadáveres. Casi. Transportaba historia.
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